Nota para el lector
A partir de esta fecha, BARAGUÁ publicará sus textos en la siguiente dirección:
A partir de esta fecha, BARAGUÁ publicará sus textos en la siguiente dirección:
Aquel tiempo ya pasó. No sé si te has dado cuenta, pero ya no vamos juntos al cine ni al teatro... ni tratamos de divertirnos con las bonitas mujeres que a menudo encontrábamos en nuestro entorno de recreo habitual, ya fuera solos o acompañados de otros amigos. Tampoco intercambiamos opiniones acerca de los acontecimientos más relevantes de la sociedad tan hipócrita en que ¿vivimos?, ni música ni libros... ni alegrías ni tristezas.
Aquel tiempo ya pasó. ¡Carajo, que sí pasó aquel tiempo! Y, cuando casualmente te veo, tu presencia frente a la mía es menos duradera que en el cielo una estrella fugaz; tan solo un obligado saludo -faltaría más- se cruza entre nosotros, o a lo sumo cuatro o cinco frases tontas pronunciadas sobre la marcha: "¡Hola! ¿Qué tal? ¡Cuánto sin verte! Hace bueno ¿eh? Yo como siempre, sin tiempo, trabajando sin parar. Bueno, me voy, que me están esperando".
Y tremendamente torpe o tremendamente ingenuo, qué sé yo, te invito a echar un trago para charlar un rato contigo, para saber de tu vida tan distante ya de la mía. Pero nada, se ahogan los sinceros motivos de mi absurda e inútil propuesta.
"Te lo agradezco -me dices-, pero he quedado a las ocho -miras al maldito reloj- y ya son menos cinco. Te llamaré un día de estos" -concluyes sabiendo que mientes, que ni un día de estos ni un día de los otros vas a marcar el número de mi teléfono, entre otras muchas cosas porque sé que ya no lo tienes.
"Como quieras -acierto a responder sabiendo que me mientes, que ni un día de estos ni un día de los otros voy a escuchar tu voz, ya tan extraña, al otro lado del hilo-. Vete, vete. No le hagas esperar... y dale recuerdos de mi parte. Vete, vete... ¡vete a la mierda!" -en voz baja, cuando te has alejado diez o doce metros y ya no me puedes oír.
Aquel tiempo ya pasó. Y pasó el tiempo con aquel tiempo.
Todo eran risas y carcajadas en aquel hombre que un día encontré parado en la acera de una ruinosa calle. Me llamó mucho la atención, por lo que me detuve sin que él me viera a observarle durante un buen rato. Se reía de otro hombre que presumiblemente se encontraba en la otra acera, al otro lado del asfalto.
"¡Feo! ¡Desgraciado! ¡Monigote!...", envalentonado le gritó el primero al segundo.
Continué observando sin ser visto, cuando el receptor de los insultos desapareció repentinamente. Justo al mismo tiempo el insultador, todavía con la sonrisa dibujada en su demacrado rostro, reanudó la marcha por el camino que no sé a dónde le conducía.
Había permanecido largo y tendido rato delante de un reflectante escaparate, sin haberse dado cuenta de lo mucho que se había insultado a sí mismo.